Llevaba ya un tiempo notando que esto de la docencia huele a chamusquina.
Hace años, cuando apenas era una quinceañera que no sabía ni por dónde le soplaba el aire, ya había decidido que yo quería dedicarme a la docencia. Más bien, que yo me iba a dedicar a la docencia. Como todo hijo de vecino, es algo que hablé con mis señores padres y les expliqué mis motivos: me encantaba la Historia, estudiarla y entender su valor, pero también trasmitirlo. Por eso ya me veía al frente de una clase, explicando todas esas cosas de batallas y fechas a un grupo de alumnos a los que yo sería capaz de llegar por mi entretenida explicación y porque apreciarían la utilidad de mis enseñanzas. Estaba harta de los profesores que sólo te hacían memorizar y me encandilaban aquellas nuevas generaciones que pregonaban una enseñanza participativa y bidireccional.
Dicho así, parece que toda persona con grandes dosis de ilusión y un grave síndrome de "intento de cambio y mejora de futuro", tenía cabida entonces en la docencia. Y de hecho esto es lo que se sigue pregonando desde la enseñanza. En nuestras clases nos hablan de hacer enseñanza de calidad que desechar los modelos tradicionales, del acercamiento al alumnado para dar lugar a un entorno educativo donde todos participen, aprendan, aprehendan y se desarrollen, no sólo como estudiantes, si no como personas. La educación como inversión de futuro.
Sin embargo, algo no encaja en esta visión de conjunto. De un tiempo a esta parte a veces tengo la impresión de que no es necesariamente el más válido, el más innovador y el más entusiasta el que llega a la educación. Sin intención de generalizar u ofender. En mi humilde opinión, en el caso de la enseñanza privada, el más válido es el que mejor currículo tiene. El que más títulos ha almacenado o el que mejor ha sabido alimentar sus propias redes clientelares. En el caso de la educación pública... ¿Qué decir? En la situación en la que nos encontramos se desecha al más válido; llegando finalmente a la meta de la docencia aquél que ha podido permitirse completar su curriculo con los requisitos de un máster "público" no apto para todos los bolsillos, con unas oposiciones dónde debes invertir dinero, tiempo y fuerzas. Así que, incluso en este caso, el que llega a obtener una plaza, ¿es siempre el más válido o simplemente aquel cuya economía puede permitirse determinados gastos y además conserva la esperanza pese a cada recorte y a cada eliminación de plaza?
En los últimos días he desarrollado un sentimiento de desazón ante esta situación. Además incrementado por la sensación de formar parte de una generación perdida a la que la crisis y las antiguas generaciones no dejan paso, pero que en cuanto puedan, las nuevas generaciones quizás acaben con nosotros.
No soy capaz de ordenar mis pensamientos una vez llegados a este punto del post. Sólo sé que tengo muy presente que va a ser difícil encontrar nuestro sitio y realmente no sé por qué. No llego a entender las trabas que encontramos en nuestro camino; las trabas que no sólo nos ponen "los de arriba", sino las que también nos ponen "los de más abajo".
Sentía la necesidad de compartir mi último acercamiento a la docencia para que quizás podáis entender este sinsentido reflexivo. Hace unos días fui a un centro de secundaria, llamémoslo X, con la intención de que fuese ese mi centro de prácticas. Tras mil paseos de un lado a otro, búsqueda de información acerca de la legislación, decretos y forma de proceder, me llevaron a hablar con el director, tras apenas un mes de intentonas... La respuesta del director del centro X ante mi petición, fue llana y simple. Un primer NO rotundo, vino seguido de una explicación un tanto desagradable "no somos centro de práticas. Si te aceptamos a ti, acabaremos aceptando a cualquiera."
Supongo que no es de extrañar que sus palabras me chocaran y acabara por pensar que algo huele a podrido en la docencia. Si un centro público descarta a un proyecto de profesor en prácticas por... ¿Por qué? ¿Falta de credenciales, de un currículo excelente, de unas amistades en el entorno educativo?
No sé, quizás el problema es mío, que aún sigo pensando que la docencia es algo que llevas dentro, que eres válido porque te apasiona y te dedicas en cuerpo y alma a ello, porque no pierdes la esperanza. Se ve que aún no he sido capaz de ver que quizás se necesita algo más, algo que por ahora se escapa a mi entendimiento y que, muy probablemente, ya debería haber ido cultivando desde los quince años...
Hola Carmen
ResponderEliminarTener ilusión por una actividad no implica que no tengamos que comprender con pragmatismo cómo funcionan las instituciones u organizaciones donde vamos a trabajar.
En parte, creo que tienes mucha razón en lo que dices. En mi tesis doctoral estudié si la vivencia de ciertas transiciones ritualizadas cambiaba a aquellos que pasaban por ellas. Dos fueron las transiciones que estudié: bodas y oposiciones. En relación a las oposiciones, evidentemente muchas veces, accede aquel que mejor se adapta a la organización a la que la oposición da acceso. El mejor es pues el mejor adaptado. Pasa con el MIR, el PIR, FIR, oposiciones a juez, fiscal, notario, etc... Muchas de estas pruebas tienen una mera finalidad selectiva, son pruebas que ante todo priman el aprendizaje memorístico, replicar ideas (más que crear nuevas), no tienen en cuenta competencias complejas de la profesión, etc.. etc... Esto es algo que está ahora mismo en el debate público. No sé si seguiste el debate que hubo sobre modificar el sistema de acceso a la carrera judicial (que incluyera otras pruebas, más prácticas, aparte de "cantar" temas) o incluso la propuesta para modificar la prueba de acceso para ser profesor (creo que era el PSOE el que quería adaptarlo como si fuera un MIR, con un espacio de prácticas que supusiera la parte principal de la evaluación).
El tema daría mucho de sí. Y no hablemos ya de las organizaciones privadas (muchas veces más arbitrarias en sus decisiones, muchas veces más pragmáticas, de todo hay).
Durante un tiempo estuve colaborando con un consultor de recursos humanos, en procesos de formación Outdoor y procesos de selección de personal. Es muy complejo realizar una buena selección de personal. Y costoso. Muchas de las pruebas iniciales sólo tratan de hacer más fácil el proceso eliminando personas que no se adaptan a un perfil, o que no alcanzan ciertos estándares. Eso, por supuesto, no es el mejor de los sistemas, pero es una criba que se suele realizar. La propia idea de criba ya refleja el valor que subyace. La fase más interesante es la entrevista personal. Aquí, una complejidad es diferenciar a aquellos que son muy buenos vendiéndose, o que tienen muy buenas habilidades para hacer procesos de selección (pero a lo mejor no son tan buenos en la práctica real), comparados con aquellos que no son tan buenos en los procesos de selección pero sí serían buenos manteniendo el puesto posteriormente. De nuevo, es una tarea compleja.
Más allá de todo esto, lo que me parece crucial es conocer bien la complejidad de las instituciones donde vamos a trabajar. E integrar esto con nuestros propósitos personales, con nuestras ilusiones y significados de la tarea que vamos a realizar. Llegar es fundamental, pero mantenerse también. Hay gente que llega, pero no todo el mundo luego sigue desarrollándose profesionalmente, lo que desde luego se nota y genera efectos negativos a nivel personal y a nivel institucional (por ejemplo los casos de estar quemado en el trabajo).
ResponderEliminarHay un autor que te podría interesar explorar. Se llama Robert Sternberg. Es un profesor de Yale, y lo atípico de él es que suspendió el acceso a los estudios de Psicología. No accedió hasta después, cuando pudo ingresar demostrando más cualidades de las necesarias para pasar un examen tipo test. Me gustan estos casos que se salen de las típicas trayectorias exitosas, de carácter lineal.
Durante muchos años ha estado interesado en estudiar la inteligencia, en lo que se conoce como Modelo Triárquico de la Inteligencia (modelo que siempre me ha parecido mucho más interesante y complejo que otros más conocidos, como la Inteligencia Emocional, o las Inteligencias Múltiples).
Tres son para él los componentes de la inteligencia. La primera y más estudiada es la inteligencia analítica (generalmente medida por tests de inteligencia, y muy vinculada al rendimiento académico). La segunda es la inteligencia creativa (no tan desarrollada en las instituciones educativas, bueno, no desarrollada en general). Y la tercera, la más interesante para nosotros ahora, la inteligencia práctica. Aquí consiste en ser inteligente para comprender las reglas que rigen los contextos sociales donde nos desenvolvemos. Es la idea de alguien que es "listo", para aprovechar opciones. Por ejemplo, Sternberg demostró que las personas que más triunfaban al terminar la universidad, no eran los mejores expedientes, sino aquellos que tenían expedientes medios, pero habían desarrollado otra serie de habilidades sociales, muchas veces más útiles.
Las tres inteligencias son fundamentales, al fin y al cabo, la inteligencia es lo que nos permite adaptarnos mejor al medio, a las circunstancias que tenemos que afrontar. Todo proceso de selección es imperfecto. Cómo aprovechar, comprender dicha imperfección en nuestro favor sin renunciar a nuestros principios, ése es el reto, ¿no?
Un saludo
Alejandro